S?bado, 15 de diciembre de 2012

III. REFLEXIONES SOBRE LA ESPERANZA DE MARÍA 

La Iglesia en su Liturgia aplica a la Virgen las hermosas palabras del Eclesiástico. Yo soy la Madre del amor, del temor, de la ciencia y de la santa esperanza (24,24). De la esperanza ejemplar y hagiotípica de María hablaríamos sin cansarnos. El preclaro mariólogo G. Roschini se expresa así: "Si grande fue la fe de María, no menor brilló su esperanza. Cuanto más elevada era aquella, mayor se mostraba también ésta. Quien cree con firmeza en las promesas de un Dios Infinitamente bueno, poderoso y fiel, espera también con firme esperanza el objeto de sus promesas, resumidas en la visión beatífica de Dios, y los medios necesarios para alcanzarla (...). Aunque su esperanza y abandono en Dios fueron heroicos, no por ello han de ser considerados como inoperantes, sino todo lo contrario. Practicó de modo perfectísimo el viejo aforismo de la Ascética: Haz por tu parte todo lo que puedas como si nada esperases de Dios. Y espéralo todo de Dios como si nada hubieses hecho con tu esfuerzo. Así obró María en su viaje de Nazaret a Belén, en la búsqueda de Jesús en el templo y en todas sus acciones". 



Hemos de aprender mucho de la esperanza de María, estimulando y activando la nuestra. El cristiano de hoy se ve sometido a muchas frustraciones y contagios del secularismo ambiental. En su exhortación "Marialis cultus" Pablo VI escribe inspiradamente: "La Iglesia Católica reconoce en la devoción a la Virgen una poderosa ayuda hacia la conquista de la plenitud. Ella, la Mujer nueva, está ya junto a Cristo. En Ella se ha realizado ya el proyecto de Dios para la salvación de todo el mundo. Al hombre contemporáneo frecuentemente atormentado, turbado en el ánimo y dividido en su corazón, oprimido por la soledad, la Virgen desde la realidad conseguida de la Ciudad de Dios le ofrece una palabra tranquilizadora: la victoria de la esperanza sobre la angustia" (n.2 57). 

Porque María es la Madre de la dulce y santa esperanza hemos de mirarnos en ella, no sustrayéndonos al esfuerzo de cada día ni proclamándolo inútil. No olvidemos jamás que el motivo radical de la esperanza es un atributo divino: la inviolable fidelidad de Dios a sus promesas. Quien espera sobrenaturalmente tributa un espléndido homenaje al poder, a la bondad y a la lealtad del Creador, Padre y Redentor nuestro. Quien desespera está injuriando al poder y a la suma fidelidad divina, cerrándose el horizonte e introduciéndose en un túnel sin salida. Quien espera de verdad está firmemente convencido de que para Dios no hay nada imposible (Le 1,37), y en buena doctrina sanjuanista se obtiene de Dios cuanto de Él se espera. San Pablo nos exhorta a no contristarnos como los que no tienen esperanza (1 Tes 4,12). Por ello hemos de procurar esforzarnos para no incurrir en tan lamentable actitud, perseverando pacientemente en el ejercicio continuo de esta animosa y valiente virtud teologal. 

Tenía entera razón el converso Charles Peguy cuando hacía este agudo comentario: "Singular virtud de la esperanza, singular misterio. No es una virtud como las otras, sino en cierto sentido una virtud contra las otras. Hace frente a todas las virtudes, a todos los misterios. Es ella, la pequeña esperanza la que pone todo en movimiento". 

No olvidemos jamás que la resurrección de Cristo es la raíz y el motivo de nuestra esperanza porque toda la Teología sobre las últimas y novísimas realidades tienen en él su centro de gravitación, La glosa del Prefacio que sumariamente hemos considerado se ilumina notablemente con la bella oración Colecta: "Oh Dios que nos concedes venerar a la Virgen como Madre de la santa Esperanza, concédenos por su intercesión, orientar nuestra esperanza hacia los bienes de arriba, cumplir nuestra misión en la Ciudad terrena y recibir un día los bienes que la fe nos invita a esperar". 

Se aproxima la Semana Santa del año 2001 en que estrenamos simultáneamente nuevo siglo y nuevo milenio. Nos disponemos a participar activamente en las solemnes celebraciones litúrgicas del "Domingo de Ramos en la Pasión del Señor", Jueves Santo y Triduo Pascual. Pasión y Resurrección son los dos tiempos o fases fundamentales de un mismo e idéntico misterio de muerte y vida que limpia nuestras faltas y nos conquista la amistad con Dios. 

Nos ayudará mucho a vivir en un verdadero clima sobrenatural la Semana Santa el recuerdo siempre estimulante y confortador de Nuestra Señora de la Esperanza. Ella desfila en nuestros devotos "Pasos" profesionales con el rostro dolorido de quien acompaña a su Hijo inmolado y sacrificado por nosotros ya que "Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores" (1 Tim 1, 15). 

Nuestra Señora y dulce Madre de la Santa Esperanza nos alcanzará la gracia de poder ejercitarnos en esta importantísima virtud teologal que tantos bienes espirituales nos reporta cuando comprendemos su alcance y su práctica. Entre esos bienes hemos de incluir: una alegría desbordante, una abnegada paciencia y una magnánima loganimidad para vivir con plenitud la vida cristiana. Ella que supo esperar como nadie y por ello es también la "Primera Esperanza" nos alcance la gracia coronada de la perseverancia final.

Texto: Padre Andrés Molina Prieto

Fuente: mariología.org


Publicado por javiertortosa @ 23:00  | Enlaces en la Web
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