S?bado, 15 de diciembre de 2012

II. UN PREFACIO HENCHIDO DE ENSEÑANZAS 

Su texto específico suena así: En verdad es justo y necesario ... / celebrarle con las más grandes alabanzas, / Señor, Padre santo, / que generosamente entregaste a Jesucristo al mundo como autor de la salvación, / y le diste también a María como modelo de sobrenatural esperanza. / Porque tu humilde Esclava, / confió en Ti plenamente: / Concibió creyendo y alimentó esperando / al Hijo del Hombre, anunciado por los profetas; / y, entregado por entero a la obra de la salvación, fue hecha Madre de todos los hombres. / Pero a la vez Ella, fruto excelso de la redención, / es también hermana de todos los hijos de Adán, / que, caminando hacia la liberación plena, / miran a María como señal de esperanza segura y de consuelo, / hasta que amanezca el Día glorioso del Señor. Esta cincelada pieza eucológica está repleta de enseñanzas para el ejercicio y desarrollo de la vida cristiana. Resulta penoso que se conozca tan poco y apenas se hable de ellas en nuestra predicación y catequesis. Varias ideas se encadenan y aglutinan en un precioso mosaico: 1) María, modelo de esperanza; 2) María confió plenamente en el Señor; 3) María se entregó por entero a la obra de la salvación; 4) María fue fruto excelso de la redención, convirtiéndose en "Hermana" nuestra; 5) en nuestra peregrinación hacia la Patria, María garantiza nuestra esperanza. 

No es posible comentar, ni siquiera a grandes trazos, tanta riqueza de contenidos. Hagamos por ello una descripción brevísima, casi telegráfica, reteniendo la idea capital. María nos ha sido dada por Dios, también como modelo de sobrenatural esperanza. Hacia este punto focal convergen las demás enseñanzas. La Virgen ostenta la primacía "relativa" (ya que toda Ella queda referida a Cristo) de todas las ejemplaridades. Y, por consiguiente, es ejemplo perfecto del ejercicio de las virtudes teologales, entre ellas la esperanza. Ella practicó esta virtud hasta un grado y rango único. Esperó contra toda esperanza superando a Abrahán, el padre de los creyentes, en su expectativa mesiánica. Con su fe y esperanza -nos dicen los Santos Padres- concibió a Cristo antes en su mente y corazón, que en su seno. 

María se entregó enteramente a la Obra del Salvador siendo su primera colaboradora y discípula. Ella se vio obligada a ejercer constantemente la esperanza. Si hubiera sido preservada del dolor y de las pruebas interiores no habría podido convertirse en vivo ejemplo de nuestros afanes cotidianos en mil pequeñas batallas libradas sin cesar. A lo largo de las vicisitudes que narra el Evangelio y, sobre todo, en la Pasión de su divino Hijo se nos muestra como nuestra Señora de la santa y dulce esperanza que nunca defrauda. La Virgen es Hermana nuestra porque pertenece a la estirpe humana, y porque es la Primera Redimida "de modo eminente y en previsión de los méritos de su Hijo". Por eso es proclamada miembro Excelentísimo, y enteramente singular de la Iglesia como tipo acabadísimo de la misma (LG 53). 

No es una extraña paradoja sino consoladora realidad: María, Madre nuestra y Hermana nuestra. Madre de la Iglesia y miembro de la Iglesia. Nada más grato para nosotros, pobres caminantes, que ensanchar sin fronteras el campo de nuestra esperanza mirando a María glorificada: lo que Ella es ahora en el cielo esperamos serio nosotros cuando llegue la consumación de¡ mundo.

Texto: Padre Andrés Molina Prieto

Fuente: mariología.org


Publicado por javiertortosa @ 10:00  | Enlaces en la Web
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