Martes, 23 de marzo de 2010

Los nuevos diáconos: Felipe Alonso de Mendoza Alemán, Carlos Fortes García, Rubén Checa López y José María Sánchez García Coincidiendo con la festividad de San José, el obispo de Almería, Mons. González Montes, confirió el sagrado Orden del Diaconado a Felipe Alonso de Mendoza Alemán, Carlos Fortes García, Rubén Checa López y José María Sánchez García, en la Santa y Apostólica Iglesia Catedral de la Encarnación. Debajo de estas líneas conoceremos quiénes son estos futuros sacerdotes y qué ha supuesto este paso en sus vidas, del cual fueron informados por el prelado almeriense el pasado 6 de marzo.

 

Felipe Alonso de Mendoza Alemán “Me invadió una gran alegría, fue increíble”, comenta, Felipe Alonso de Mendoza. “No asimilaba (aún lo estoy haciendo) que el momento hubiera llegado. Después vino la hora de aterrizar, de ponerme en manos de Dios y ver si realmente estaba preparado. Y, siendo sincero, me sentí el más indigno. Sin embargo era Dios mismo quien apostaba por mí; ¿acaso no debía fiarme de su criterio?”. Fueron las primeras palabras de este joven seminarista de 5º de Teología, que ingresó en el Seminario Menor de Almería a la edad de 15 años, el 22 de septiembre de 2001. Fue una decisión que pilló por sorpresa a algunos de los suyos, ya que como le dijo su madre en aquel entonces “eres muy pequeño y te falta mucho por vivir, pero te apoyaré en todo cuanto emprendas mientras seas feliz”.

 

Nueve años después, Felipe afirma que este tiempo en el Seminario ha sido memorable, “con muchas alegrías y dificultades, y en los cuales nada es igual de un año para otro”. De hecho, prosigue el nuevo diácono, “en este tiempo creces, maduras como persona y también lo hace tu vocación. Te das cuenta de que sólo con la ayuda de Dios puedes seguir adelante con tus metas y con sus planes. Experimentas que Dios actúa y que esa oración, que se hizo un domingo en tu parroquia, te sostuvo en algún momento de dificultad”. Así, “las lágrimas que mi madre dejó en cada escalón del Seminario cuando me despidió, son ahora lágrimas de orgullo y alegría”, concluye este colombiano, natural de Bogotá. Las expectativas para el futuro son bastantes, pero como él mismo aclara “mi proyecto principal es ser capaz de trasmitir el amor de Dios, que esa fuerza que redobla el latir de mi corazón traspase sus barreras y llegue a los corazones de cuantos me rodeen. Mantenerme fiel a la fe de la Iglesia y proclamar el Evangelio allí donde me sea encomendado”.

No obstante, las dificultades también existen en esta aventura del sacerdocio: el clima social egoísta y materialista, la pérdida de valores e ideales que motiven e ilusionen, los miedos ante un estilo de vida distinto al habitual, la desvalorización de la Iglesia, etc. Pero, en su opinión, “el motivo principal es la falta de un encuentro personal con Cristo. Quien se encuentra con Cristo no queda indiferente. Y hablo desde la experiencia. Jesucristo es tan increíble que, cuando le encuentras, todo cobra un nuevo significado y te sientes llamado a corresponder a su amor”. De ahí que, a pesar de vicisitudes, el presente de la Iglesia se presente para este muchacho como apasionante. Según él “son muchos campos de trabajo y retos ante los cuales responder. Pero sobre todo, es positivo porque tenemos la confianza de que Dios está acompañando a su Iglesia en cada paso y que Él mismo actúa en ella cada día. Debemos hacerle frente a la oscuridad que nos rodea como antorchas vivas que somos de Cristo, pues ¿qué sería de un cristiano sin persecuciones y corazones a los cuales predicar? ¿Sin tinieblas ante las cuales ser luz? La Iglesia está en un momento envidiable y debemos sentirnos orgullosos de que Dios nos haya escogido para trabajar en su viña en estos días de testimonio”.

Rubén Checa López Su compañero de clase, Rubén Checa López, también comparte el mismo optimismo al declarar que “quien lleva el timón de la barca es Jesucristo, que es el Camino, la Verdad y la Vida. Estando Él al frente no tenemos que temer por nada, hay que confiar plenamente en la providencia divina. Y por muchos obstáculos que haya en el camino, por muchas olas que intenten volcar la barca de la Iglesia no podrán, porque Dios está con nosotros siempre. Y nunca nos deja desamparados aunque nosotros lo pensemos”.

Este diácono de 22 años ingresó en el Seminario Menor un año después que Felipe. Aunque en su caso, la decisión de consagrar su vida a Dios no sorprendió a nadie de su entorno, puesto que, tal y como nos desvela, “la persona que influyó en esta decisión fue mi hermano Iván, quien hoy día es párroco de Gérgal. Me ayudó con su ejemplo de fiel seguidor de Cristo, amándolo y entregándose por Él y por su Iglesia mientras estuvo en el Seminario. Y otros sacerdotes que pasaron por mi parroquia, la Virgen del Rosario de Roquetas de Mar, como es el caso de Gregorio Gea y Manuel Cuadrado Martín, quienes fueron signos visibles de Cristo para mí, y tanto me ayudaron para dar el paso al seminario y continuarlo”. Sin embargo, el resto de su familia jugó un papel importante en esta decisión, ya que como él mismo reconoce “para seguir a Cristo primero hay que conocerlo. Y quien me lo dio a conocer fueron mis padres, quienes me transmitieron la fe en Jesucristo, me hablaban de la importancia del sacerdote y de todo lo que hacía, me explicaban la Eucaristía y los demás sacramentos”. Algo por lo que cree que “Dios ya me estaba hablando y llamando a través de los míos”.  Y es que tiene el convencimiento de que “Dios se sirve de instrumentos, medios, personas, para dirigirse a nosotros, para hablarnos... Dios no se muestra de una forma extraordinaria, sino que a Dios se le descubre en las distintas circunstancias o acontecimientos que nos pasan en la vida; es decir mediante de quienes nos rodean, Dios nos habla a través de ellas”.

Aún así, piensa que la misma institución familiar que tanto le ayudó a descubrir su vocación, en otros casos puede suponer un problema para que un muchacho ingrese en el Seminario. Hay situaciones, nos dice, donde los “jóvenes que se sienten llamados a seguir a Cristo renuncian a hacerlo por culpa de las familias”. Con todo, “el miedo y la indecisión puede ser otra dificultad”, añade. Para Rubén la solución pasa por “orar para que haya vocaciones, animar a los vocacionados, crear el ambiente propicio y adecuado en las familias, en las catequesis, en el trabajo.., además de colaborar en la formación de los muchachos que se han sentido atraídos”.

De ahí que su objetivo sea uno: “servir a Cristo, siendo reflejo de Él, que vino a servir y no a ser servido. Y esto lo realizaré en la Iglesia a la que estoy llamado a servir, ayudando al obispo, dando a conocer as Jesucristo por medio de la predicación de la Palabra de Dios y ayudando a que los fieles cristianos hagan de su vida una ofrenda agradable a Dios participando activamente en la liturgia”. Una empresa que pasa por finalizar su periplo académico y del que agradece que haya sido “un tiempo de gracia en el que el Señor te muestra su amor, viviendo en comunidad, como los discípulos iban detrás del Maestro, aprendiendo de Él, estando con Él, que es a lo que estamos llamados especialmente en el seminario. Todo esto en comunidad, con otros hermanos que están viviendo y experimentando lo mismo que yo y preparándonos pastoralmente, fijándonos en la vida de los sacerdotes que están en las parroquias a las que seremos destinados”.

Carlos Fortes García José María y Carlos son los seminaristas de sexto curso. Al enterarse de la noticia, lo primero que hizo José María fue dar gracias a Dios y “cuestionarme a mí mismo, sobre por qué el Señor me ha querido elegir a pesar de mi pequeñez, de mi pecado, de mi limitación. Y es que es Dios, con su gracia y misericordia, quien va escribiendo la historia de nuestra vida si le dejamos”.  A continuación habló con el rector y “comencé el proceso de solicitud de ordenación y a prepararme para este importante momento”. Carlos nos cuenta que  “todos estos años de discernimiento y de ilusión por la vocación, se ratificaban con la llamada explícita de Dios a servirlo en su Iglesia para toda la vida. Eso me llena de ilusión, a la vez que me hace ser consciente de la enorme responsabilidad y tarea”.

 De los dos fue Carlos el primero en ingresar en el Seminario; concretamente el 15 de Septiembre de 2001. “Mi familia –afirma- pensaban que se trataba de una decisión muy  precipitada por mi edad: 15 años. Y los amigos también se mostraron hostiles con mi postura. Pero en la ordenación del pasado viernes estuvieron todos presentes y muy contentos”.

José María Sánchez García Los inicios de José María fueron distintos a los de su compañero. Ingresó en el Seminario el 4 de septiembre de 2004, y los suyos, tal y como recuerda, “tuvieron una reacción muy buena, aunque con los reparos de quien no acaba de entender que entregarle la vida al Señor es multiplicarla y recobrarla en el ciento por uno. Pero en mí, la vocación comenzó desde bien joven”.

 Ambos han recorrido juntos su período de formación y estudios en el Seminario Conciliar San Indalecio. Y ahora que se acerca el ocaso de esta etapa, recapitulan las experiencias vividas. “Han sido muchos los momentos buenos, de gozo y satisfacción” atestigua Carlos, aunque también hubo “momentos duros que me sirvieron para madurar y crece en responsabilidad. Y lo más importante: para enamorarme cada día más de Dios y de la vocación a la que Él me ha llamado”.  Una vivencia que suscribe su compañero, cuando dice que “para mí el Seminario ha sido momento de gracia en mi vida, en el que de la mano del Señor he descubierto que realmente Él me quiere como servidor suyo y de su Iglesia, a la vez que he ido modelando mi persona, mi vida, mi mente, mi alma, para disponerme totalmente a cumplir su santa voluntad. El amor a la Eucaristía y la vida de oración que el Seminario te inculca es algo que siempre agradeceré al Señor, pues es el medio más grande y más importante para quienes hemos descubierto que Él es el centro y el fundamento de nuestra vida”. Y apostilla que “el estudio de las ciencias sagradas, me ha hecho comprender la grandeza de nuestra fe, la importancia de transmitir el Evangelio con toda su riqueza y la necesidad constante de estudio en la vida sacerdotal, para que seamos los pastores que la Iglesia nos encomienda en nombre de Cristo”.

Este es el poso espiritual que presentan estos aspirantes al ministerio del sacerdocio, en un momento histórico donde “lo más arduo para mí –asegura Carlos- es la frialdad y superficialidad que estamos sufriendo a nivel espiritual y la dificultad para llegar a aquellos que, aunque bautizados, viven como si Dios no existiera. Nuestra principal pobreza es haber perdido el sentido último de la existencia humana, pero con la ayuda de Dios y dejándonos en sus manos no podemos ser pesimistas, sino ver este momento como el que Dios nos ha dado para nuestra salvación y la de los que, estando alejados, puedan ver que todo tiene sentido en Dios, si nosotros somos buenos administradores de los misterios del Reino”. José María, siguiendo la estela de la reflexión su hermano en el diaconado, también cree que “hay muchos obstáculos que no facilitan que el Señor se haga presente en nuestra sociedad. Pero sin duda que para un sacerdote– continúa diciendo-, la mayor dificultad es pensar que las hay y dedicar el tiempo a eso, llegando anteponer esto a la convicción de que es Jesucristo es quien nos llama, nos consagra y nos envía; pues teniendo esto en cuenta y abandonándonos totalmente en Él no hay nada que temer. La dificultad para el ministerio del sacerdocio es pretender vivirlo de cualquier manera que no sea buscando con todas nuestras fuerzas el identificarnos con Jesús, Pastor, Siervo, Sacerdote, y cargar junto a Él con la cruz, vivir la santidad sacerdotal a la que todos estamos llamados”. 


Con vistas al momento presente y teniendo en cuenta el ministerio recibido, “lo que me hace más ilusión en este momento –desvela Carlos- es trabajar y gastarme y desgastarme por aquellos que la Iglesia me encomienda, donde y como la Iglesia quiera; allí seré feliz”. Una actitud decidida que hunde su fundamento en la certeza de que “es Jesucristo quien camina con nosotros, nos lleva de la mano y nos abre paso enseñándonos cuál es el camino: Él”, opina Carlos. “Creo que teniendo esto claro –prosigue-, y poniendo en ello todo el corazón, dispuestos a abrazar su cruz con radicalidad no hay nada que temer. El problema es que queramos hacernos una Iglesia a la carta o a la medida de cada uno”. Por ello recuerda que “los hombres y mujeres de hoy tienen sed de Dios, tienen ansia de eternidad, necesitan conocer y experimentar a Cristo para amarle, seguirle, y en definitiva para ser  felices. Y esto es tarea de todos los cristianos, entre los que juegan un papel especial los sacerdotes de hoy”.

Fuente: Diócesis de Almería


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