Martes, 02 de febrero de 2010

Para ver Avatar quizá pueda uno entrar en la sala mentalizado a ver sólo un buen espectáculo cinematográfico. Felicitamos al director por su talento técnico. Pero esta película no resulta inocua. Ni mucho menos. De entrada, me rebelo contra un enfoque que prima la emoción y olvida la razón. El resultado sólo puede ser reforzar la alienación de las masas.

Cabe criticar en particular una propuesta argumental simplista, que atiende al dogma oficial de Hollywood de la religión sin Dios y sin compromisos morales personales. Y eso es un fraude. Podemos compartir la defensa del medio ambiente. Pero esta obra plantea el ecologismo como religión. Y eso ya es inaceptable.

El guión se centra en convertir a los indígenas azules en émulos de los nativos norteamericanos (o los vietnamitas, iraquíes, africanos, cualquier raza oprimida por el primer mundo…) y a la raza humana en el representante brutal de la ambición desmedida. Críticas -¿justas y coherentes?- al militarismo, el imperialismo e incluso el capitalismo son evidentes, así como odas a la ecología, la paz y la conexión interior entre todos los seres.

No es serio criticar al capitalismo dejando de lado que es el único sistema que cultiva una libertad real, hasta permitir reformarlo desde dentro. Ni es honesto hacerse el revolucionario para forrarse y darse la vidorra. Como nuestros nacional-progres. ¿Para qué queremos una actitud de ‘revolucionario romántico’ sin compromiso liberador efectivo? No puede desdeñarse que el excesivo recurso de esta película a la emotividad ha inundado de pensamientos depresivos suicidas y de ansiedad a personas más impresionables. ¡Ojo con los niños y jóvenes…!

Lo desconcertante de Avatar, sin embargo, es la descarada, infantil y hasta ridícula propaganda ecologista, donde cualquiera que no comparte el radicalismo New Age de creer en la ‘madre tierra’, es un asesino sicópata, como el ‘malo’ de la película. Benedicto XVI ha denunciado las “ideologías que niegan in toto la utilidad misma del desarrollo, considerándolo radicalmente antihumano y que sólo comporta degradación. Así, se acaba a veces por condenar, no sólo el modo erróneo e injusto en que los hombres orientan el progreso, sino también los descubrimientos científicos mismos que, por el contrario, son una oportunidad de crecimiento para todos si se usan bien. La idea de un mundo sin desarrollo expresa desconfianza en el hombre y en Dios. Por tanto, es un grave error despreciar las capacidades humanas de controlar las desviaciones del desarrollo o ignorar incluso que el hombre tiende constitutivamente a ‘ser más’ […] soñar con la utopía de una humanidad que retorna a su estado de naturaleza originario” es un modo de “eximir al progreso de su valoración moral y, por tanto, de nuestra responsabilidad” (Caritas in Veritate -2009-, n. 14)

En la película que comentamos, la separación entre  buenos y malos es tan grotesca, que en nada se diferencia al mundo de héroes y villanos de los cartones animados para niños de la Warner. Los buenos son los Na'vi, seres alternativos a los humanos, que son los malos en la película. Los Na'vi logran su felicidad a través del gnosticismo ecologista, que sólo pueden alcanzar unos pocos iniciados.

Los ritos fúnebres de los Na'vi  son escenas calcadas de los festivales hippies de la década de los 70: sentados en posición ‘yogui’, entrelazan las manos en alto en círculos concéntricos, mientras cierran los ojos, contonean sus torsos y cantan  mantras a la ‘madre tierra’.

La película nos conduce a creer que la única redención posible, es convertirse en un Na'vi. La otra alternativa es formar parte de los frívolos, desalmados y codiciosos humanos. No hay medias tintas. Pero esa ‘redención’ se logra sólo aprendiendo el camino iniciático, porque como dice el protagonista en uno de sus informes, “nosotros los humanos no tenemos nada que a los Na'vi pueda interesar”; mientras que la chica responde a los deseos de aprender el camino que muestra el protagonista: hay que ‘vaciarse’ de todo lo humano y ‘comenzar de nuevo’ por el camino de unos pocos iniciados. Pero ¿Cuál camino?  El del gnosticismo ecologista versión siglo XXI; es decir, el que niega que, como sostiene el cristianismo, la salvación es para todos y está al alcance de todos. Vuelta a antiguos errores. De nuevo, como decía Julián Marías, el supuesto progreso resulta ser mero arcaísmo.

Sin embargo, a pesar de escenas en que los Na'vi, ayudados por la ‘madre tierra’ comienzan a despedazar a los humanos, la cinta es premiada. ¿Por qué? Porque representa el dogma oficial de  Hollywood de la religión sin Dios y sin compromisos morales personales. Y Hollywood ensalza a sus ‘santos’ con el mismo fanatismo con el que quema a sus ‘herejes’. El talante hispano-progre a la americana.

Además, las organizaciones antitabaco acusan a la película de ser un pulmón negro por la insistente aparición de un actor fumando como un carretero. Pero la crítica que más habrá dolido al director será la de plagio. Se ha detectado la ‘coincidencia’ con varias películas y relatos. Y le dan un cero en innovación.

Habría que analizar si el éxito de taquilla significa que las gentes, tan miradas para no consumir alimentos en malas condiciones, o para no comprar ropa defectuosa, son poco exigentes a la hora de exponerse a mensajes con trampa. Los padres y educadores harán bien en reflexionar con los menores sobre estos puntos. Desde luego, para los que busquen algo trascendental y profundo a la hora de ir al cine, no será su película.

Francisco José Escámez Mañas
, profesor en ISCR (Almería).
Fuente: Diócesis de Almería


Publicado por javiertortosa @ 16:30  | Enlaces en la Web
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios