S?bado, 29 de agosto de 2009

Queridos diocesanos:

En la calurosa trayectoria de agosto las festividades marianas vienen a poner una suave brisa espiritual en el alma distraída de los cristianos. El ocio del verano es esperado con inquietud antes de la pausa de julio y agosto, que para algunos sólo llega en septiembre, cuando ya se anuncia el otoño. El trimestre de verano tiene en las fiestas de la Virgen un referente de identidad cristiana que obliga a reflexionar a los bautizados sobre el valor humano y religioso del descanso y el destino de la existencia, cuya meta está más allá del mundo visible de los sentidos.

A mediados de agosto, la Asunción de Santa María nos abre a la meta gloriosa de la vida anticipada en la resurrección de Cristo, como recuerda san Pablo: “Cristo como primicias; luego los de Cristo en su Venida” (1ª Corintios 15,23). Sucede, sin embargo, que algunos se desentienden de su propio destino y, distraídos de la meta trascendente de la vida, olvidan que son transeúntes camino de la gloria de María; o bien, alternativamente, camino de la muerte eterna. Si la Asunción de María ilumina un futuro de esperanza, la superación de dificultades y obstáculos del presente pasa por anticipar ahora en esta vida aquello mismo que esperamos: un mundo digno del hombre.

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