Mi?rcoles, 25 de noviembre de 2009

ADVIENTO

El año litúrgico comienza con el Adviento. Adviento quiere decir llegada. Esperamos la venida de Dios. Dios viene a nosotros de tres formas: en el nacimiento de Jesús hace 2.000 años, en nuestras almas hoy y al final de los tiempos en forma gloriosa.

Como tiempo de espera, el Adviento debería ser un tiempo de silencio. En nuestras latitudes, anochece más temprano, las noches son más largas, hace más frío. La estación del año ya invita de por sí a enfrentarse con los presentimientos del corazón, a escuchar la voz de nuestro interior y a encontrar algo de tiempo para Dios, como recomienda san Anselmo:

¡Arriba, tú, hombrezuelo! ¡Huye un poco de tus ocupaciones! Entra un instante en ti mismo, apartándote del tumulto de tus pensamientos. Arroja lejos de ti las preocupaciones que te agobian y aparta de ti las inquietudes que te oprimen. Búscate tiempo para Dios y descansa. Habla con Dios y dile con todas tus fuerzas: "Quiero, oh Señor, buscar tu rostro" (salmo 27,8). Señor mío y Dios mío, enseña a mi orazón dónde y cómo tengo que buscarte, dónde y cómo puedo encontrarte.  

En el Adviento celebramos deliberadamente durante cuatro largas semanas nuestros anhelos, y, en la medida en que los celebramos, adquieren una función positiva. No necesitamos reprimir nuestras nostalgias, no necesitamos caer en la decepción o en la resignación. Tampoco necesitamos describir nuestra vida con palabras exageradas para evitar que el desengaño nos ahogue o para ocultarlo delante de los demás. El que necesita describir siempre sus vicisitudes como algo extraordinario y fuera de lo normal, ése, frecuentemente, no podrá enfrentarse con la realidad y tampoco la aceptará. En el Adviento nos enfrentamos con la realidad y, al mismo tiempo, con nuestros anhelos, que desbordan la realidad de nuestra vida. Reconocemos que nuestra nostalgia es tan grande que nada ni nadie podrá satisfacerla. Tampoco el éxito más grande, ni la mejor calificación de un examen, ni las más hermosas vacaciones: nada podrá saciar nuestras ansias.

En el Adviento deberíamos sentimos reconfortados de todos nuestros desengaños. Mi amigo, mi consorte, la comunidad o sociedad en la que vivo, todo es muy mediocre. Yo había esperado más de ellos. Mi profesión no me llena, con tanta monotonía y rutina. Sin embargo, en lugar de quejarme, debería decirme: está bien que así sea, que no encuentre en ello mi último logro, que los hombres no llenen mis esperanzas, porque esto me permite orientar hacia Dios mi nostalgia, esto me empuja hacia Él. 

Si contemplo así mis desengaños, podré reconciliarme con la vulgaridad de mi vida sin caer en la resignación, sino todo lo contrario: precisamente esa banalidad de mi vida mantendrá despierto mi anhelo de Dios. Y así podré celebrar el Adviento, esperando que el mismo Dios irrumpa en esta vida, entre en mi mediocridad y, de esta forma, transforme todo.

Fuente: Santiago Moranchel para Ecclesia


Publicado por javiertortosa @ 18:00  | Articulos en Farol
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