Martes, 24 de noviembre de 2009

Dios sólo nos vendrá si hemos hecho sitio al hermano.

Hablar es cosa fácil, no así el escuchar.
Sin duda por eso nos dio el Señor dos orejas pero sólo una lengua. Oír como quien oye llover, Oír campanas sin saber de dónde, también resulta sencillo.
No así lo de escuchar...
Ponerse a la escucha de alguien es, en primer lugar, rechazar todo lo que puede distraer nuestros oídos, nuestra mente, nuestro espíritu.
Escuchar es acallar los tumultos interiores, apartar las fascinaciones del exterior, alejar las interferencias que dispersan la atención y distorsionan la palabra que el otro me dirige. Escuchar es hacer un silencio lo suficientemente denso como para que yo grite desde él:

«¡Ahora no hay nadie más que tú! ¡No hay para mí otro sonido que la música de tu palabra!»

Ponerse a la escucha de alguien es detenerse, quedarse en un lugar, parar el vértigo y la agitación, como diciendo:

«!Ahora tú eres mi centro! ¡Mi meta! ¡Mi carrera me lleva únicamente a ti!»

Ponerse a la escucha de alguien es apartar la mirada de uno mismo y volverse hacia el otro, llegar al cara a cara, como diciendo:

«¡Aquí estoy! ¡No existe para mí ningún otro interés! ¡Estoy listo para percibir hasta el susurro de tu palabra!»

Escuchar equivale a acoger. A abrir de par en par todas las puertas tras de las que uno se guarda. A derribar tanta alambrada y frontera tras de las que nos parapetamos.
Escuchar a alguien es descuidarme a mí y preferir al otro Es preferir al que está ahí, ante mí y acogerlo con su saco atestado de ropa más o menos limpia; pero que es la suya.
Es aceptar que entre en mí, es recibir al otro, con sus sueños y sus deseos; con sus gustos y disgustos; con sus filias y sus fobias.
Es prever que va a desordenar los estantes tan cuidadosamente ordenados de mi existencia; es cederle el sitio; es ofrecerle las llaves de la casa, como diciéndole: Tu presencia me lo va a poner todo patas arriba; pero corro el riesgo: ¡te escucho!

«¡Las palabras que me digas serán para mi espíritu y vida».

Adviento es el tiempo de le escucha porque es el tiempo en el que, lentamente, asimilamos esa Palabra que ha venido a habitar entre nosotros. Adviento es el tiempo en el que todos los que escuchan la Palabra aprenden a cambiar sus tinieblas en claridad.

El tiempo en el que, poniéndose a su escucha, se arriesgan a hacer un camino hacia la luz.
Adviento es el tiempo en que los hombres escuchan al Señor por el altavoz de cada prójimo.
Es cuando todo lo que endurece los corazones se derrite ante el calor del Evangelio.
Es cuando saltan a la boca de uno palabras nuevas y al corazón de uno sentimientos nuevos y a la conducta de uno actitudes nuevas... Así nace el Otro en uno.
Por eso, porque... ¡Adviento es tiempo de nacer!

Fuente: Santiago Moranchel para Ecclesia.


Publicado por javiertortosa @ 16:30  | Articulos en Farol
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