S?bado, 24 de mayo de 2008
Adolfo González Montes, Obispo de Almería


Queridos diocesanos:

Con la festividad del Corpus Christi vuelve a recordarnos que la participación en la mesa del Señor lleva consigo la preocupación por la mesa de los hermanos y, en especial, de los pobres, necesitados y desfavorecidos. La Eucaristía es el gran sacramento de la fe, en el que Cristo ha querido prolongar su presencia en la historia de los hombres como alimento de vida eterna, para recordarnos que asumió nuestra carne de manera irrevocable; hablando a lo humano, sin arrepentimiento posible. Resucitado de entre los muertos, con su cuerpo glorioso se llevó al Padre nuestra humanidad para siempre. Dios ha amado al mundo por sí mismo, y lo ha amado hasta el extremo haciendo suyo nuestro cuerpo y sangre, nuestra realidad humana en su concreta verdad espiritual y material.

El amor de Dios es el único medio de redención de un mundo que, sin embargo, se aleja de Dios, fascinado por sí mismo, dando la espalda a las llagas de la carne, a las heridas de una vida maltratada por el egoísmo y el desamor de los hombres. ¿Cómo ignorar las guerras destructivas y asesinas, con unos medios bélicos de violencia inusitada; esclavitudes viejas como el mundo pero nuevas en medios y recursos para esclavizar: maltrato y trata de mujeres indefensas, mercancía lograda mediante engaño y secuestro de mafias y redes del crimen organizado; las mismas redes que esclavizan niños y adolescentes para un turismo sexual indecente y criminal; emigrantes forzados por el hambre a abandonar la familia y el país propio, la geografía cultural en la que nacieron; marginados sociales que se lanzaron a una vida sin sentido atraídos por la ilusión de la droga y que hoy malviven sin esperanza atrapados en su propia trampa; transeúntes que vagan en busca de vida mejor, y otros que ya no quieren nada sino sobrevivir según su propio modo de vida marginal y bohemia.
Son las llagas más lacerantes de la humanidad que necesita ser redimida por el amor de Dios, a las que hay que añadir otras que la sociedad hoy no quiere ver y que dan testimonio de la perversión del corazón: los más de 100.000 abortos anuales que entre nosotros se practican, y las graves heridas que deja en los niños la quiebra de la familia. Luego están las otras heridas que angustian a tantos muchos seres humanos cada día. Unos han perdido el trabajo, otros no tienen salud o carecen de hogar, pensionistas que malviven en su soledad.
Muchas personas viven hoy gracias a la ayuda social y hay que observar con satisfacción el crecimiento de la sensibilidad solidaria. Los poderes públicos están en la obligación de aumentar y potenciar estas ayudas sociales y las subvenciones de programas que buscan contrarrestar la exclusión de los seres humanos, promoviendo el respeto a los derechos de la persona humana y de su dignidad, fuente de esos derechos. Sin embargo, la lucha contra la pobreza, la marginación y la exclusión social es un imperativo de toda la sociedad. Es en el seno de ésta donde surgen iniciativas generosas como Caritas, iniciativas al servicio de la dignidad humana y de la integración social de las personas marginadas o sencillamente carentes de los recursos básicos, o que se han hecho dependientes y acusan un estado crónico de deshumanización y enfermedad.

Caritas es el órgano y el medio de acción caritativa y social de la Iglesia. No es un organismo espontáneo de algunos creyentes humanitarios y muy sociales, que sería preciso distinguir de la Iglesia. Esta presentación de Caritas es en sí misma contraria a la verdad y, si es políticamente interesada, resulta perversa. Caritas está alentada por la fe y la esperanza de los creyentes en Cristo, pan de vida para el mundo. Porque hay fe y esperanza hay caridad en la Iglesia, porque son inseparables las tres virtudes teologales, infundidas por el Espíritu Santo en el corazón de los cristianos, la fe en la Eucaristía, pan de la esperanza, se convierte en un acicate y estímulo de la caridad que mueve y abre el corazón cristiano a las necesidades del prójimo.

Gracias al trabajo amoroso de las comunidades cristianas son muchas las personas que se sienten amadas y auxiliadas en el camino hacia una vida digna del ser humano. La vida que Dios da a conocer en el misterio de amor que encierra la Eucaristía: que el amor redentor de Dios es el amparo definitivo de la vida y la fuente de la esperanza, y por eso mismo la razón verdadera de la solidaridad y del amor fraterno.

Con mi afecto y bendición.
Fuente: Teleprensa

Publicado por javiertortosa @ 11:26  | Articulos en Farol
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios